El ascensor

El sonido apagado de los pasos sobre el piso de cerámica lo acompañaba a través del pasillo angosto que desembocaba en una estancia amplia de paredes blancas y bien iluminadas, que no era más que la sección ancha del pasillo. Las frías paredes de cemento reflejaban los fluorescentes de luz blanca, palideciendo aún más el pulcro vestíbulo, cuya claridad era desafiada sólo por un sillón sencillo de imitación de cuero negro y la puerta del ascensor. Caminó hasta el sillón y tomó asiento, esperando que el resto de la compañía esperada arribara. Observó con detenimiento el acabado del acero en el marco del ascensor, diagonal a su asiento. Pasaron diez minutos.

El sonido maquinal del ascensor deteniéndose en distintos pisos había bajado su frecuencia, a pesar de aún no eran las ocho. Afuera todo estaba oscuro, si miraba a su derecha el contraste de la luz blanca con el sombrío exterior hacía que las ventanas le devolvieran su reflejo enmarcado en azabache. Le incomodaba verse a los ojos por lo que miró hacia la puerta del ascensor, que se detenía en todos los pisos menos en el quinto donde se encontraba. Sacó un libro y trató de retomar la lectura, pero el regular sonido del ascensor entorpecía su avance. Pasaron veinte minutos.

El ruido habitual que caracteriza a un edificio con vida se fue extinguiendo conforme se acercaba la hora, era extraño que le hubieran solicitado llegar a aquella hora, pero los altos mandos eran siempre impredecibles. Abrió un libro con páginas descoloridas y olor a sótano hasta que el silencio le impidió concentrarse. Sacó su celular; ningún mensaje. Continuó su lectura. A las ocho de la noche (la hora acordada) el silencio continuaba incólume y las luces del piso superior se apagaron con el cese de la actividad de los encargados de limpieza. Decidió levantarse y estirar las piernas.

Caminó hasta la ventana de la izquierda que ofrecía la vista de un patio interno del edificio. Podía vislumbrar algunas luces tenues en el recinto de los oficiales de seguridad, quienes ya estaban en su puesto preparándose para el frío de la noche. Todas las demás fuentes de luz estaban extintas, el comedor con largas mesas estaba vacío y cerrado, era difícil imaginar que durante el día había sido escenario de la agitación vivaz propia de un sitio para cientos de personas. Caminó a la ventana contraria, con vista a las calles aledañas. Pocos transeúntes y autos rondaban aún por allí, la sensación de soledad era cada vez mayor. Podía ver los altos edificios de ladrillos oscurecidos de hollín y el semáforo que paciente esperaba automóviles sin cesar su trabajo, empezaba a llover. Con creciente duda miró su celular: nada. Decidió bajar los cinco pisos por las escaleras para cerciorarse de que la reunión no se estuviera efectuando en otro aposento sin previo aviso.

De nuevo el eco de sus pasos fue su único acompañante mientras recorría los claros pasillos hasta la siguiente escalera y descendía el siguiente nivel. En el cuarto piso no encontró a nadie, en el tercero había una joven mujer de apariencia desenfadada, sentada en el sillón frente al ascensor, descansaba en una postura muy relajada viendo la pantalla de su celular, daba la impresión de derretirse sobre su asiento. El segundo nivel estaba desierto, al igual que el primero. Salió del edificio y se dirigió a los oficiales de seguridad:

-Me citaron a la oficina B del quinto piso a las ocho, ¿Ustedes saben del paradero de alguno de los participantes?

-No, no sé nada de ninguna reunión para hoy. Don Marco, ¿Usted sabe algo? – dijo el más joven dirigiéndose al otro oficial.

-No, pero si lo citaron no deben tardar, le dejaremos saber si recibimos alguna llamada al respecto.

-Gracias.

Le dio la espalda a los oficiales y caminó de vuelta a la construcción imponente, emprendió el ascenso. Las luces automáticas iluminaban los pasillos conforme se acercaba a sus detectores de movimiento y cuando se alejaba volvían a sumir las estancias en oscuridad con un “clic” seco. Rítmicamente escuchaba sus pasos subiendo peldaño a peldaño, luego “clic” “clic”, se encendía una luz y se apagaba otra, cuatro veces hasta que llegó nuevamente al quinto piso. Volvió a sentarse en el sillón oscuro, impaciente pensó que esperaría treinta minutos más antes de llamar al encargado de citar a los involucrados. Volvió a escuchar el sonido del ascensor, la imitación digital de las campanillas de antaño que anunciaba cuando la cabina había llegado a su destino. “Ding… ding… ding…”, después de las ocho el sonido había decrementado su frecuencia, pero no se ausentaba, cada diez o quince minutos, alguien hacía uso del elevador para llegar a su destino, los últimos en salir, seguramente.

Cuando dieron las ocho con veinte, la impaciencia le obligó de nuevo a agitar sus extremidades; la inmovilidad prolongada le resultaba ajena. Decidió dar un último vistazo antes de llamar al encargado de la reunión. Presionó el botón de subir en la placa de control del ascensor y esperó hasta que la cabina llegó al quinto piso y emitió otro “ding”. Las puertas se deslizaron en direcciones opuestas, dejando ver el interior de un espacio pequeño color metálico con piso blanco, la superficie más amplia reflejaba su imagen. Entró al ascensor y por un momento la sensación de estar en una sala más pequeña le reconfortó, el gran pasillo blanco acentuaba la soledad, mientras que el bruñido acero del ascensor le proporcionaba más calma y casi podía sentir la compañía de alguien más a su lado. Subió al sexto piso, al sétimo, al octavo, al noveno y al décimo y en todos la situación era la misma: sólo las luces automáticas le saludaban al pasar, no parecía haber nadie más. Caminó lentamente por cada piso, cada nivel era una copia idéntica del anterior: baños para hombres y mujeres, escaleras, la puerta del ascensor, la puerta de una oficina pequeña, una entrada a la sala de reuniones amplia, un cuarto de suministros y ventanas en cada extremo del corredor.

Cuando el reloj marcó las 8:30 pm supo que su espera había terminado, tomó el ascensor de nuevo y se dirigió al quinto piso para confirmar que nadie de los citados estaba allí. Silencio absoluto, ya ni la conversación de los oficiales podía escucharse en la distancia. Miró su celular y una notificación se leía en la pantalla de bloqueo: “Siento mucho hacerle esperar, lamentablemente los encargados de dirigir la reunión de hoy no podrán asistir. Pronto recibirán noticia de recalendarización. Tome la libertad de llamar un taxi y cargarlo a nombre de la compañía”. Emitió un bufido de descontento y presionó el botón con la flecha hacia abajo para abrir las puertas del ascensor nuevamente.

Buscó en su lista de contactos algún número de central de taxis mientras se abrieron las puertas del ascensor nuevamente. Mirando a la pantalla de su celular dio un paso adentro del ascensor y se sintió nuevamente protegido por los centinelas metálicos que le rodeaban, estaba acompañado. No parecía tener ningún número que le sirviera para procurarse transporte, “Cuestión de preguntar a los oficiales de seguridad, ellos deben saber” – pensó. El ascensor se detuvo y miró de reojo hacia la pared más amplia del ascensor, su corazón bombeó con fuerza al ver una silueta frente a sí, junto a su reflejo. Una figura oscura se erguía a su lado y su reflexión era claramente visible en la superficie brillante de la pared. Por un segundo no pudo respirar mientras miraba giraba su cabeza y miraba a su lado para descubrir que no había nadie a su lado. “Ding” y se separaron nuevamente las puertas tras de sí, caminó lentamente hacia atrás asegurándose de que su vista le hubiera engañado, no había nada a su lado, no había nadie en el ascensor.

Caminó con presteza hacia afuera del edificio dirigiéndose nuevamente al puesto de los oficiales de seguridad. Respiraba con fuerza, tratando de recobrar la calma, pero conforme se acercaba a la pequeña cabina pensaba con más claridad. Tantos “dings” pero nadie en el edificio; había estado escuchando el ascensor abrir y cerrar sus puertas en distintos pisos desde hacía cuarenta minutos en un edificio que parecía estar vacío, a excepción suya.

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