Sometimiento de la persona a la moral predominante, en el ámbito intrafamiliar.

A todos sucede. Como parte de la iniciación del individuo en una colectividad, la asimilación del código moral y de comportamiento es crucial para la supervivencia. Son muchos los aspectos a contemplar en un tema tan amplio, mas aquí se tratarán sólo los relativos a la disconformidad causada entre las partes por una incompatibilidad de criterios.

Hay aspectos positivos en la sumisión pseudopacífica, a través de la historia se ha demostrado, aun si es una minoría de casos. A saber, el autosometimiento del patrón de comportamiento de una persona al criterio moral de sus mayores promueve un ambiente afectivo saludable para personas que posiblemente ya no gozan de la estabilidad fisiológica que disfrutaran cuando jóvenes. También, procura el mantener un protocolo que se transmita de generación en generación, proveyendo de una formación personal de coherencia interna y preparando para la vida en sociedad – supuesto el hecho de que exista consenso digno acerca de que tal formación sea la apropiada para sobrevivir en determinada comunidad. Negligencia para con el orden establecido se traduce en daños multidireccionales, pues son casi utópicas una concienciación y educación generalizadas acerca de la posibilidad de un mutualismo de cosmovisiones.

Por otra parte – siguiendo el caso de los gerontes – el dejar que un menor se adapte a sus principios, facilitando a los gerontes ejercer su papel ejemplar y relegándoles hacia un perfil pasivo, les coloca en una postura tan adultocéntrica como la de esa misma persona que, adulta o infante, subestima la condición de la persona mayor ofreciéndole una comodidad, sin cuestionamientos de metodología; tan adultocéntrica como chovinista es la postura de la mujer que, consciente de la dinámica social, asimila y aprehende los estatutos de una sociedad patriarcal, negándose la posibilidad de introducir un nuevo statu quo mediante la vía subversiva.

A lo largo y ancho del globo, independientemente de la religión o región geográfica, ha sido tradición milenaria la imposición de códigos morales, censurando siempre cualquier otra alternativa pedagógica que indique o implique divergencia con respecto del estilo de vida predilecto, con respecto de la ortodoxia. De pronto, es inconcebible el cuestionamiento público de los hábitos de un anciano (lúcido, aún no víctima irremediable del adultocentrismo) porque, al cargar con más antigüedad que cualquier otro miembro de la prosapia vivo, se ha convertido en el epítome de la etiqueta y los buenos y bonitos modales.

Se convierte en relación de subordinación aquélla que inhibe a las partes de considerar otras opciones para una interacción de roles distintos entre sí. El proceder a aceptar la obediencia sumisa de un otro, sea por su condición etaria o académica, sin darle la oportunidad de cuestionar lo impuesto, es anacrónico, pasado de moda y retrógrado. Más que derechos, el autocuestionamiento y la recepción de crítica constructiva son deberes del ser humano.

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