Implicaciones del discurso subyacente de la moda

La moda [1] es una construcción social y, como tal, no se le puede hacer un acercamiento sin antes remitirse a su referente físico y primordial. Derivada de una de las invenciones tecnológicas humanas más rudimentarias, la indumentaria, la moda se construyó inicialmente a partir de las interpretaciones colectivas que se hacían de las prendas y sus usos, evolucionando luego con la industrialización de esta creación y la disponibilidad generalizada del recurso mismo. En la etapa incipiente del desarrollo de la indumentaria se prestara más atención a su utilidad como complemento de una cada vez más evidente carencia humana, como lo fuera la mayor vulnerabilidad al medio ambiente y su mutabilidad impredecible. Más adelante, vuelto su uso un imperativo y consecuentemente extendido a la totalidad de la población humana, su importancia utilitaria comenzó a reducir respecto de aquélla de las tendencias que surgieran entre los usos mismos.

Con la industria se definen la distinta calidad, cantidad y disponibilidad de las prendas que determinan los hábitos de consumo de las personas, quienes han dejado ya atrás la noción de necesidad sobre el simplemente vestir – vestir para abrigar – para reemplazarla por una de modelar – vestir para expresar -, la cual deviene de la posibilidad generalizada de adquirir y escoger entre un conjunto variopinto de productos en diferentes puntos geográficos, entonces diferenciándose entre sí quienes consumen. A la vez que se diferencian estas personas, sin embargo, convergen aquellos usos correspondientes a las condiciones que dictan las distintas zonas en las cuales se ubican los grupos consumidores, por lo cual, si bien pueda ser una población consumidora aún heterogénea, se uniforman a grandes rasgos quienes consumen para adaptarse a su entorno, del cual no pueden simplemente desentenderse. Además, a esas indumentarias específicas para cada medio se asocia una serie de prácticas de producción y otros consumos, de los cuales deviene un proceso de significación cultural. Así, surgen las tendencias.

La industria de los textiles y demás indumentaria se convierte en una de moda cuando tales tendencias llegan a estructurar las relaciones sociales más allá que cuanto lo habrían hecho las prendas y sus usos por sí solos, mediante la significación cultural que devenga de cada práctica que involucre un cierto tipo de prenda. Las tendencias, entonces, guían el mercado por el cual se rige la producción industrial, la cual a su vez necesita de una serie de herramientas como la publicidad para capturar su público consumidor. La publicidad se sirve de las diversas construcciones derivadas de la indumentaria para proyectar atractivamente producto a quienes consumen. Es así como la indumentaria, un producto humano en esencia simple, llega tener una incidencia sobre la estructuración de las sociedades.

Ahora bien, una vez tomado en cuenta este proceso y reconocida la existencia de culturas segmentadas, heterogéneas y ligadas al consumo de una indumentaria, surge una interrogante: ¿cuán estricta es la relación entre el consumo y uso de una indumentaria específica y la tendencia a la cual se circunscribe? Para el correcto estudio de este fenómeno es necesario recurrir a un análisis de los discursos que funcionan en torno a los casos particulares; no obstante, se puede efectuar una descripción general del fenómeno a partir del análisis de varios casos, dado que todos suceden bajo el mismo principio de significación cultural.

En Costa Rica existen varias etiquetas para denominar una serie de subculturas que se asocian tradicionalmente a indumentarias específicas, entre ellas la chata, la emo, la punk, la metalera, la skate, la fresa o pipi y la rasta, por citar algunas. Cada una de estas subculturas genera controversia en la sociedad que les percibe y esto obedece siempre a la relación tácita y arbitraria que se establece entre las prácticas de estos grupos y la manera en que se identifican con ellas, siendo ésta comúnmente a través de una indumentaria que ha sido convenida para representar el estilo de vida en cuestión. Es aquí donde se alcanza el núcleo del problema: las personas pueden identificarse – sea por otras personas o entre sí mismas – vía una asociación estereotípica indumentaria:prácticas sociales tanto de manera legítima como de manera ilegítima o convenida.

Es necesario también hablar de convenciones y legitimaciones sociales. Ambas son vías a través de las cuales una significación humana se vuelve canon y actúa en la estructuración del poder dentro de una sociedad. A ambas antecede el proceso de significación cultural mismo, el cual se puede resumir como el fenómeno social en el cual los objetos de la realidad física (referentes) son nombrados (con un significante) y atribuidos de unas imágenes inmateriales o contenidos (significados) según un reglamento (código) que regule las correspondencias entre todos, conformando un signo y posibilitando la cognición humana que llevará a un uso informado de los objetos. La naturaleza del proceso de significación cultural y su código es arbitraria y es así desde su génesis, condicionando toda evolución futura de los signos, al estar estos adheridos a otros signos previos que fueron establecidos sin mayor discreción o discusión. Las convenciones sociales suceden cuando se llega a un acuerdo de manera tácita e inconsciente sobre una circunstancia, objeto o idea en específico, la cual culmina en un constructo. Las legitimaciones, por otra parte, producen un acuerdo y un constructo después de que las partes, los actores involucrados, han cuestionado y debatido sobre la naturaleza y función de ese nuevo concepto.

En cuanto a indumentaria se refiere, las subculturas son sistemas de constructos que han derivado, por lo general, de convenciones sociales. Tal es el caso de la moda skinhead, cuya indumentaria tradicional reflejaría las vestimentas de la persona proletaria común y corriente en la Inglaterra de 1960 y que fueran símbolo identitario entre los jóvenes de la clase trabajadora que, civiles incipientes, se aprestaban a participar de las luchas en demanda por garantías sociales para los trabajadores de la época. Respecto de lo anterior, ejemplifica Stuart Hall en su obra El Trabajo de la Representación:

La ropa es en sí misma el significante. El código de la moda en las culturas consumidoras occidentales como la nuestra correlaciona clases particulares o combinaciones de ropa con ciertos conceptos (‘elegancia’, ‘formalidad’, ‘informalidad’, ‘romance’). Estos constituyen lo significado. El código convierte la ropa en signos que pueden ser leídos como un lenguaje. En el lenguaje de la moda los significantes son organizados en una cierta secuencia, en ciertas relaciones de unas piezas con otras. La relación puede ser de semejanza –ciertos items ‘van juntos’ (e.g. zapatillas con jeans). Las diferencias están tan marcadas –nada de correas de cuero con un vestido de noche. Algunos signos crean sentido mediante la explotación de la ‘diferencia’, e.g. botas Doc Marten con una larga falda suelta. Estas piezas de ropa ‘dicen algo’ –portan sentido. Desde luego, todo mundo lee la moda de la misma manera. Hay diferencias de género, edad, clase, ‘raza’. Pero todos los que comparten el mismo código de la moda interpretan los signos más o menos de la misma manera. ‘Oh, los jeans no se ven bien en tal evento. Se trata de una ocasión formal –pide algo más elegante.’ (Stuart Hall, 1997, pp. 21-22)

Con el ejemplo propuesto por Hall en la cita anterior se sugiere levemente una de las formas en las cuales la moda llega a estructurar los roles y categorías sociales del poder. Así como se puede discriminar a una persona por no lucir ‘presentable’ para una ocasión en específico, se le puede discriminar en su accionar diario en la sociedad, sin más fundamento que la indumentaria referencial que porta y los prejuicios con los cuales se cuenta como actor social y animal adaptable. Se trata de un juego de prácticas y significaciones que resulta peligroso en tanto es, hacia su razón de ser, convenido inconscientemente por una sociedad que, además, necesita de la discriminación (fundada o no) para tener dinamismo y evolucionar. Es un juego de roles con ganadores y perdedores.

De este modo, una persona puede, a saber: portar una indumentaria chata y pertenecer al grupo cuyas prácticas dieron origen a la etiqueta y reconocerse bajo tal condición; portar una indumentaria chata y no estar asociada de ninguna manera a las prácticas originales; no vestir chata en ningún momento de su jornada y, aun así, ejercer su chatura mediante sus prácticas, de manera aislada a la indumentaria; incluso no vestir chata ni practicar lo que un chata en ningún momento y, sin embargo, proclamarse chata. He ahí el carácter arbitrario que vuelve necesarios los análisis críticos del discurso en torno a la moda y las correspondencias entre etiquetas subculturales, indumentarias y prácticas sociales.

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[1] Para efectos ilustrativos de este ensayo, se manejará el concepto de moda como lo es presente en la industria de la moda textil, esto por la posible concepción de una condición ‘de moda’ como tendencia en cualquier práctica humana.

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Referencias

Hall, Stuart. (1997). Representation: Cultural Representations and Signifying Practices. Londres, Sage Publications. Traducido por Elías Sevilla Casas.

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