El dilema de la concepción de ‘brecha’ en la sociología de la comunicación

En nuestra academia, el estudio de la Comunicación como Ciencia Social ha tenido históricamente una concepción asociada, casi por excelencia, al estudio de los medios de telecomunicaciones y sus efectos sobre uno u otro colectivo, así como a las vinculaciones existentes entre las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) y quienes las usan. Sin embargo lo cierto es que, para nuestras escuelas, resultaría en un sesgo el imaginar a la entera sociedad como necesariamente ligada a los medios de comunicación y a la vida en red.

Este es el acercamiento que ha guiado a muchas escuelas de la sociología de la comunicación en el estudio del funcionamiento de nuestra sociedad. Se ha alcanzado el momento en el cual se concibe incluso una brecha de desarrollo desde esta perspectiva, ésta en tanto una diferenciación del acceso que tienen distintos sectores de la sociedad a recursos específicos, como en el caso de las TIC. Ello, como tal, no es un problema cuando se trata de una simple referencia teórica, cuyo propósito fundamental es describir una porción de la realidad; el problema nace cuando esta visión predomina en todos los estudios de tales escuelas, bajo la consigna de evaluar un desarrollo según, exclusivamente, la premisa de que todas las personas necesitan tener acceso a la red y saber usar las tecnologías.

En general, en Costa Rica y en Latinoamérica sobreviven, aunque pequeñas y vulnerables, comunidades de nativos americanos. Estas comunidades han subsistido durante muchos años sin estar inmersas en red otra que la de su vecindad inmediata y la que impongan las relaciones económicas con otras comunidades. Al momento de la llegada de una cultura distinta a la tierra de origen de estas comunidades y por su colonización a manos de aquélla, tiene lugar un cambio del referente cultural que define la idoneidad, ésta en tanto actualidad. Quienes colonizan traen consigo tecnologías distintas de aquéllas que posee la comunidad autóctona, unas más complejas y sometidas a mayor elaboración, con las cuales subyugan a la tecnología autóctona y, así, también a quienes la utilizan. Así, en parte, se introdujeron las líneas de pensamiento social-evolucionistas y etnocentristas.

Martínez (2003) menciona, en su definición de la brecha digital, que:

(…) La brecha digital está relacionada a aspectos de acceso a los beneficios de la digitalización y también a las capacidades de una población o grupo social para utilizar las TIC de manera apropiada y que contribuya al desarrollo sustentable (…), en algunos casos se prefiere hablar del término inclusión digital para considerar los esfuerzos enfocados a reducir la brecha digital”. (p.5)

Según este concepto, existe una serie de comunidades que se encuentran en desventaja para con aquéllas que sí cuentan con tecnología compleja. Aquí se parte del supuesto de que sólo con dicha tecnología se puede alcanzar un modo de vida sostenible. Además, cuando se habla de una inclusión digital, se remite a una aparente noción de responsabilidad que tendrían las comunidades con tecnología compleja, de compartir sus avances con las comunidades nativas de dichas regiones o, en su defecto, imponérselos. Este no es un principio distinto de aquél según el cual un expansionista somete a un pueblo al estilo de vida que le es propio al primero, ni es distinto del adoctrinamiento fundamentalista a otros, en el cual han incurrido muchas religiones.

En el momento en el cual las escuelas no diagnostican, reconocen y evalúan brechas de crecimiento (tecnológico, productivo, humano) entre distintos sectores sociales sino mediante la aplicación de un criterio desarrollista – que considera civilizados a unos sectores en comparación con otros menos integrados a ese marco económico al cual remite la adquisición, posesión o uso informado de una tecnología -, se cae en un sesgo óptico que merma el verdadero y último bien que puedan estas escuelas aportar al progreso de la sociedad humana.

Existe, sin embargo, una rama de los estudios en comunicación social que propone una postura más imparcial y escéptica ante la tradición tecnocéntrica: el constructivismo social. En su versión más radical, el constructivismo social “sostiene que el significado de la tecnología, incluyendo hechos sobre su funcionamiento (…), son en sí construcciones sociales” (Pinch, 1997, p.2). Este condicionamiento de la tecnología como sujeta a su significación arbitraria, por parte de un colectivo en cambio perpetuo, posibilita el reconocer que la noción de una tecnología avanzada sólo se da en su contexto nativo y propio. En este sentido, no es posible comparar, con buenos resultados y sin incurrir en una falta ética, la tecnología de una comunidad con aquélla de otra para determinar un índice de civilización, evolución o desarrollo. Sería esto la tautología del darwinismo social, misma que también ha fundamentado aberraciones como el racismo y el abuso de poder de una cultura sobre otra.

En el caso de las comunidades indígenas de América Latina, por ejemplo, se habla comúnmente de incorporarles al funcionamiento normal del Estado. Para esto, se conciben medidas como la alfabetización, tanto en su forma original como en su versión digital; la construcción de moradas más similares a las de los espacios urbanos; incluso, en los casos más extremados, el traslado de las comunidades a espacios geográficos diferentes. Todo ello bajo el pretexto de brindarles una mejor calidad de vida. Lo que sucede aquí es que no se presta atención a las necesidades que las comunidades mismas reconocen en ellas. Se parte del supuesto de que, como un avance tecnológico ha significado un bien para un determinado grupo de personas, puede significarlo también para un colectivo distinto y en una situación de aparente precariedad ante la mirada de quien obtiene la dicha nueva tecnología.

Se debe señalar, antes de llegar a cualquier conclusión, que los frutos de esta academia son útiles de una u otra manera. La totalidad de los textos, que versan en temas de las tecnologías y sus usos y apropiaciones por parte de la sociedad, permiten analizar y apreciar la realidad social que deviene día con día, ése es un logro irrefutable. Sin embargo, no se puede tomar como canon una visión que establece las necesidades de una otredad deliberadamente desde su propia realidad. Las necesidades e ideas de progreso se definen sólo desde quienes las conciben para sí mismos, no pueden ser asignadas por una academia.

En este ensayo la pretensión no ha sido la de desacreditar absolutamente todo el cuerpo doctrinal de la academia de la sociología de la comunicación que se concentra en los estudios de los medios y las TIC. Por el contrario, se ha pretendido aportar a este bagaje con una mirada crítica de cómo se está efectuando una aproximación a temas delicados como lo son la idiosincrasia de los pueblos autóctonos de cualquier región, el respeto por la diversidad de estilos de vida, el derecho a permanecer una cultura en su forma más canónica. La brecha digital ha de ser pensada en función del alcance que tenga una tecnología y no en función de cuán desarrollada o civilizada sea la comunidad que tenga o no acceso a ella.

 

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Referencias

  1. Pinch, T. (1997). La construcción social de la tecnología: una revisión. En Santos, M. J. y Díaz, R. (comps.), Innovación, tecnología y procesos culturales. Nuevas perspectivas teóricas. México: FCE-UNAM
  2. Martínez, E. (2007). La evolución hacia una nueva brecha digital. México: RED. España: NOVATICA.

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