Azaroso

Terminaba de sacudirse el istmo cuando, saliendo apurado del hospital y portando montoncitos de la utilería superviviente, el médico de 55 años se cuestionó dónde habría quedado la jeringa que había estado utilizando para aquel muchacho en rehabilitación, pues entre todo cuanto llevaba no se encontraba ésta. No intentó rebuscar, pues le asaltaron los pensamientos oscuros de un veterano de la salud que ha visto los escenarios clínicos más impredecibles volverse realidad. No intentó rebuscar, pues también algo de emoción devenía de aquella posibilidad y él negaba concienciarse al respecto de tal influencia en sus acciones más próximas.

Se desprendió de su equipo y volvió al hospital con cierto trote de anticipación. Llegó al umbral de la entrada justo cuando se avecinaban los cuerpos de bomberos que atenderían cualquier daño inmediato a la estructura, mas no le vieron colarse contracorriente entre el pequeño grupo que aún evacuaba el edificio. Se dirigió el médico a la habitación donde el joven drogadicto se había estado hospedando por ya dos meses. “Pútica, que ni en estas circunstancias le puedo quitar el ojo de encima a este mocoso”, se decía al comprobar que el muchacho, en efecto, había migrado a alguna parte, con la asistencia o no del cuerpo de enfermería, con la posesión o no de la jeringa y de la dosis de morfina que con descuido siempre éste dejaba en la habitación por utilizarla para el paciente terminal de al lado.

El médico, don Fernando, siempre había gozado o sufrido de la empatía que se creería ideal para su profesión. La ejercía y ejercitaba en grandes magnitudes. Tal virtud o defecto le había acompañado a lo largo de su carrera, desde sus etapas más incipientes y universitarias, sancionándole con gratificación o sufrimiento, todo dependiera del caso pero, independientemente del efecto, habían forjado su carácter y quizá alguno que otro hábito o tendencia psíquica que le hacían difícil el relacionarse con las personas de manera otra que la cual dictara la base de su vocación: si no estaban enfermos, Fernando no había de atender sus existencias y, así, transcurría su vida profesional. Pero este chico le era un caso especial. De entre sus pacientes de todos los años, fueran niños, jóvenes o adultos, muchos habían tenido problemas con drogas. Sí, incluso los niños. Pero ninguno jamás congenió con él como lo hiciera Fabricio.

Desde la primera consulta Fabricio, entonces con acaso 19 años, supo cuestionar la vocación del médico a quien sus padres habían acudido al enterarse de sus primeros experimentos con drogas suaves. Le habló, si bien con un vocabulario y una fundamentación poco apetecibles tanto para sus padres cuanto para Fernando, de principios básicos de la vida y el aprendizaje sociales, del libre albedrío y del derecho sobre la vida humana que tanto debate causaba en temas de bioética, que mucho importaban al médico. Todo esto tuvo lugar entre las primeras varias visitas para conducir exámenes al muchacho, quien parecía no ya encaprichado sino empedernido en su consumo de substancias que alivianaran esa angustia existencial que a tantos otros profesionales le había llevado a consultar. El muchacho se había hecho de cierto acervo de posturas en torno al consumo de una droga como práctica humana legítima y, para sus padres y los demás consultores, esto había probado ya ser un reto pragmático.

Sin embargo, a Fernando parecía agradarle dicha actitud. Poco a poco, las visitas al médico dejaron de requerir la ya casi necia presencia de los padres, quienes de por sí habían cimentado de su hijo el escepticismo, mismo con el cual no supieron nunca lidiar. Ante los cuestionamientos de Fabricio a su vocación, Fernando se entretenía contraargumentando mientras llevaba a cabo los exámenes. Para él era muy fácil, pero nunca dejaban de sorprenderle las anotaciones de su paciente. De vez en cuándo, el adulto primerizo le dejaría un par de minutos callado, pensando su respuesta, tiempo durante el cual Fernando pretendería un humor de magnanimidad según el cual no se vería urgido de responder a los reclamos del otro. Así se desarrolló una amistad curiosa, indiferente a la brecha etaria entre ambos, a las respectivas condiciones de médico y paciente, a sus perspectivas escuetas, privadas de la colorida ignorancia que tenía el más tradicional pueblo a veces.

Fernando, en su virtud o defecto de filántropo, no llegó a concebir el conocer a ese muchacho sin ser éste un drogadicto. Ni siquiera la íntima simpatía que había desarrollado hacia Fabricio quedaría exenta de esa ese extraño tamiz de sus relaciones interpersonales. Mas la excentricidad de Fernando no descansaba en un complejo psicosocial tan simple. Pronto sintió el deber recurrir a proveer de las drogas necesarias a su paciente para poder continuar con ese proyecto tan serio que era su nueva amistad. De pronto se transformó en un suministro controlado de drogas que le permitía enriquecer sus experiencias interpersonales. Llegó incluso a consumirlas él junto a su paciente, para equiparar el código que regía sus comunicaciones. Al joven esto fascinaba, de verdad: ¿qué daría más seguridad a un drogadicto que el que su propio médico fuera justo quien le abasteciere de esos químicos sagrados?

De modo que, cuando Fernando encontró a su joven amigo tumbado en el suelo del jardín, en medio del hospital, su corazón dio un vuelco. No veía sangre por ninguna parte, por lo cual descartó cualquier daño causado por el desprendimiento de materiales por el terremoto. No veía la jeringa en ninguna parte, aunque no la buscaba con mucho esmero, quizá por miedo o por la aprensión de ser cómplice. ¿Estaría en medio del trance del opiáceo? ¿Estaría dormido quizá? Así maquinaba, a toda velocidad diagnosticando las posibilidades ante la imagen gótica del joven yaciente entre los rosales, por vez primera inmovilizado y sin poder actuar sobre el objeto de su profesión: la decadencia física.

Ya de rodillas, una vez superada la etapa de negación, la nube de su óptica se disipó para dejarle ver la jeringa en la mano izquierda del muchacho, aún inserta en su vena azul, más azul que lo normal, pues su tez palideció considerablemente al perder calor su cuerpo. El médico no se inmutó salvo por las comisuras de sus labios, que se deprimieron al morir el éxtasis de su miedo.

Abandonando el hospital, desentendiéndose de cualquier responsabilidad sobre el joven, el médico ateo resolvió deshacerse de su postura nihilista y acudir al oráculo del catolicismo, disponible en cualquier aldea de su país. Sólo quería una respuesta fácil, una guía idónea, utópica. Entró al primer templo que encontró, lentamente, consciente de la calidad de rito en el acto que conducían sus pies a lo largo del pasillo. Veía a los feligreses en las bancas, algunos callados y ensimismados, otros mascullando oraciones para merecer el consuelo y el reparo divinos de los cuales el doctor sabía jamás gozar.

Allí permaneció por horas, de pie frente al altar o ante la imaginería del templo, disolviendo con la mirada acuosa cada una de las estatuillas, obras humanas, depósitos de la construcción simbólica de deidades en las cuales él no creía, suplicando por las almas infelices de las infelices personas que en ese día y en tantos otros habían muerto sin dar mérito a su ayuda, en las cuales tampoco había creído ni creía aun entonces. Llorando, se sentó y postró luego al altar de aquella deidad cuyo significado parecía cautivar a la mayoría. Mirole a los ojos tantas veces, escudriñó esas canicas hasta acaso hallarse a sí mismo. No se encontró.

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