La significación de “género” en la lucha por el reconocimiento y la redistribución del movimiento social LGTBI

En nuestra profesión, a diario, deliberamos no sin criterio a la hora de ejecutar las tareas que nos ocupan. Los comunicadores son el tamiz a través del cual se determinan los signos que han de usarse en el momento de hacer común una información con la audiencia. Por esto es crucial la correcta preparación en semiología y semántica -inclúyase además la consciencia sobre las concepciones excepcionales propias de cada audiencia específica, como coloquios, regionalismos y demás- previa a cualquier acto comunicativo para asegurar un discurso unívoco y efectivo, que no se preste para connotaciones ni sus encantos y desencantos derivados.

En su obra, Nancy Fraser (1997) nos sitúa en el contexto contemporáneo visto como consecuencia de la incapacidad tendenciosa de la esfera pública para concebir la justicia en la modernidad debido a la carencia de propuestas que se antojen viables, en contraste con las históricamente inviables o hasta utópicas propuestas del socialismo. Se refiere a esta condición como  postsocialista y a esta etapa como una nueva gramática. Es en este mismo contexto que surge la problemática visibilización de la causa del movimiento LGTBI.

El movimiento LGTBI, en llevar a cabo su cometido, enfrenta el reto de ilustrar una serie de significantes que son necesarios para justificar sus demandas. Los conceptos -como orientación sexual, género y sexo biológico– y su consecuente aprehensión entran en juego en la divulgación de la causa del movimiento y es difícil que el discurso alcance a todas las audiencias con la misma denotación; allí es donde entra el papel de los comunicadores sociales. Para este caso, se ha tomado el concepto quizá más problemático de los tres citados antes: la noción de género.

A diferencia de los otros conceptos, la idea de género es una construcción un tanto más nocional y vaga, pues hace referencia a un estado de consciencia sobre un aspecto determinante de la identidad humana, que es la concepción de sí mismo que tiene el individuo como sujeto social, afectivo y sexual; mientras tanto, la orientación sexual sería más una decisión -consciente o no- y el sexo biológico una condición física. Por su naturaleza y por lo que plantea, el género es un concepto con el cual fácilmente puede incurrirse en un mal diálogo con las audiencias, por lo cual es de especial importancia para el movimiento LGTBI el demostrar correctamente su significado y utilidad. Por supuesto, una mala comunicación entre el grupo y su audiencia no se determinaría únicamente por la tergiversación, omisión o ignorancia de uno solo de los constructos expuestos: el movimiento LGTBI enfrenta, además, el conflictivo paradigma redistribuciónreconocimiento que confunde tanto la concepción de la justicia contemporánea, con lo cual volvemos al contexto actual. Un ejemplo de un caso similar es el siguiente:

 

Hasta ahora, las feministas han asociado la equidad de género ya sea con la igualdad, ya sea con la diferencia, donde ‘igualdad’ significa tratar a las mujeres exactamente de la misma forma que a los hombres, y ‘diferencia’, tratarlas diferente en aquellos aspectos en los que difieren de ellos. (…) Ni la igualdad, ni la diferencia, serían entonces concepciones útiles de la equidad de género.” – Nancy Fraser, Iustitia Interrupta (1997)

 

Como se puede ver, la noción de géneros y aun más la de la equidad entre los mismos está dada según parámetros sumamente arbitrarios (no es de sorprenderse, pues sucede con absolutamente cualquier construcción social pero, para efectos prácticos, es necesario establecer estos estándares). De este modo se evidencia la difícil realidad del movimiento LGTBI en su lucha por hacer cumplir sus demandas de igualdad y, a la vez, diferenciarse culturalmente del resto de movimientos sociales.

 

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