Los que parten…

Para contextualizar, una breve introducción al redactor.

Soy un ciudadano de la “clase media” (no quisiera categorizar deliberadamente), afortunado al haber sido criado en una familia compuesta por emprendedores y románticos, por no decir más.
He sido invitado a participar de este blog como coautor por un buen amigo y, de paso, admitiré me siento realmente agasajado.
Me considero algo generalista y compartir mi perspectiva con colegas cibernautas me parece un enorme paso, algo arriesgado – no suelo opinar a diestra y siniestra, prefiero escuchar a los que, por lo menos, aparentan tener una postura definida y firme sobre un asunto en específico; recopilar la información de varias fuentes y, finalmente, dejar que se condense el conocimiento en una idea concreta. Me parece que soy muy joven e ignorante para pronunciarme con seguridad dentro de grupos intelectuales.
Hoy me voy a arriesgar y, por ello, advierto de mi tendencia a perder el hilo de lo que expongo, aun cuando escribo.

Érase una vez…

Me preparaba para desayunar cuando mi abuela me comunicó la desventura sufrida por el ilustrísimo Facundo Cabral. En paz descanse. En el transcurso del día llamó mi atención ver cómo inundaban la página inicial de mi sesión de Facebook los comentarios pesarosos sobre su muerte, acompañados de citas y la hermosa poesía del susodicho. Una publicación de un pariente mío, uno de mis modelos a seguir, afirmaba que estábamos equivocados quienes lo creíamos muerto. Decía “está ahora más vivo que nunca en quienes aprendemos de su mensaje”.
Yo formo parte de los atropellados que dedicaron un espacio en la pared del perfil a la muerte del personaje. Afirmé que estaba muerto, que lo habían asesinado. Leí después lo que escribió mi tío y recordé un antiguo episodio de filosofía que había tenido mientras estudiaba algo de lenguaje y realidad social. Toda una epifanía.

Sabemos que somos el resultado de una sucesión de adiciones y sustracciones de los genomas de nuestros ancestros. Somos un abigarramiento de caracteres fisiológicos que nos dan una funcionalidad, afinidad y apariencia especiales, entre otras cosas, y nos diferenciamos de los demás organismos por la posesión y/o carencia de ciertos genes/rasgos. Etcétera.
Esto dicta la genética.
Sabemos que nuestra posición dentro del núcleo familiar, nuestras interacciones con nuestros semejantes en el centro educativo, nuestros análisis introspectivos, las expectativas que se tienen de nosotros, los estereotipos y arquetipos a los que somos expuestos… y demás situaciones, inciden en la definición de nuestra conducta y habilidades durante nuestro desarrollo en la juventud. Sabemos, también, que el conocimiento nos precede, que todo lo aprendemos y que, por ende, no podríamos realmente proclamarnos soberanos y creadores de nuestra ideología cuando la misma sociedad es la que nos provee de los criterios de juicio con los que, luego, hemos de seleccionar las ideas (también preexistentes) por incorporar a nuestra cosmovisión; sabemos que el lenguaje en sí es engañoso, que los signos (en el caso del lenguaje verbal, palabras) sustituyen a un referente en la realidad física y, por eso, no podemos comunicar certeramente lo que percibimos de la misma manera en que lo hemos interpretado, sin crear un espacio para tergiversaciones.
Esto lo dictan la sociología, la psicología, la lingüística…
Bien dijo Gabriel García Márquez a través de su personaje, Aureliano Babilonia, en Cien Años de Soledad: “todo se sabe”.

Desempolvado todo lo anterior en el ático de nuestra memoria, no sorprenden las crisis de identidad que padeciésemos y padeciéremos todos alguna vez.

De mi camada, todas las mezclas se hicieron siguiendo la misma instrucción. Mitad mami, mitad papi. Hubo de dónde escoger, claro: cuarenta y cuatro autosomas y dos gonosomas. Por eso salí machito (aunque, dicen, el lechero era rubio y ojiazul).
¿Se podría decir, entonces, que ellos viven en cada uno de nosotros? Aún no está claro el origen de la vida y, partiendo de allí, tampoco puede estar clara la función de perpetuación de las especies. ¿Para qué necesitamos sobrevivir?
Nuevamente: esto lo dicta la biología.
Y, ¿qué me dicen sobre el dejar un legado no genético en el mundo terrenal, antes de partir? ¿Realmente nos inmortaliza el ser recordados? En ese caso, ¿desaparecemos una vez que el último portador de nuestra memoria también se marcha? ¿Existe memoria genética, en el contexto que nos brinda la literatura? Podríamos, incluso, inmortalizarnos haciéndole un mal a la humanidad. Hay casos.

Pero basta de discursos existencialistas, se me acaban la madrugada y las ideas.

De uno u otro modo, parece incuestionable que hay maneras de ser innovador. Facundo Cabral no inventó el mensaje que nos dio, las palabras y enseñanzas ya estaban ahí. No obstante, él actuó como catalizador, recordándonos ciertos conceptos, re-promocionando ciertos estilos de vida y principios que algunos habíamos olvidado. A mi parecer, su mensaje no era sólo palabras y propuestas. Hay algo que se transmite cuando se desea el bien ajeno, es lo siguiente (por más concepto etéreo que sea, haré mención de éste): amor.

Dependerá de cada quién la manera en que se conciba que una persona vive dentro de nosotros en forma de amor. Puede que sea ésa sólo una entre tantas formas. El amor es uno de esos conceptos que se eximen de ser representados eficazmente por una palabra. He aquí la belleza de esos conceptos abstractos.

Me despido con una frase interesante:
“(…) No perdiste a nadie: el que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además, lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón. ¿Quién podría decir que Jesús está muerto? No hay muerte, hay mudanza. Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Michelangelo, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuela y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas, y nos aleja porque nos hace desconfiados (…)”

¡Qué señor, qué elegancia!
Gracias, Facundo, gracias por las remembranzas.

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